Conversando con Thomas Antoine

PARISBrittney y yo llegamos a París un día después del atentado al periódico francés Charlie Hebdo. Teníamos planeado predicar al aire libre en el centro de París el viernes por la tarde pero después de tales acontecimientos y del estado de shock que se respiraba en París decidimos que lo más prudente era no hacerlo.

Sin embargo, nuestra oración es que Dios nos permitiera tener encuentros divinos y que pudiéramos sembrar el evangelio en la medida que Dios nos permitiera.

Conocimos a Thomas Antoine fuera de la emblemática iglesia de Notre Dame, él estaba sentado fumando un cigarillo cuando nos acercamos a él y comenzamos a hablarle: Sigue leyendo

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Cuatro hombres bajo la lluvia

ImagenEsta tarde estaba en casa mientras veía la lluvia por la ventana. Pensaba en lo cómodo que me encontraba y daba gracias a Dios por tener un techo y un lugar caliente donde pasar la tarde. Sin embargo, algo en mi corazón me decía que debía salir a la calle y compartir el mensaje de la cruz.

Le pregunté a Brittney si le apetecía salir a orar por personas en la calle y aunque ni ella ni yo parecíamos muy entusiasmados con la idea de salir bajo la lluvia, sabíamos que Dios no nos ha llamado a la comodidad sino a obedecerle, así que nos pusimos a orar y le preguntamos al Espíritu Santo que nos mostrara qué quería hacer.

Mis hombros comenzaron a sentir dolor y ese dolor bajó hasta mi brazo derecho. Sabía que el Espíritu Santo nos estaba mostrando que debíamos orar por alguien que tenía problemas en sus hombros y en su brazo derecho. Lo escribí en una libreta y fuimos a una plaza que está a unas calles de nuestra casa, ya que sentíamos que ese era el lugar.

Cuando llegamos casi no había personas. Bajo la lluvia la calle estaba practicamente vacía, pero vimos un grupo de cuatro hombres bajo el techo de un edificio. Nos acercamos a ellos y les preguntamos:

Disculpen, de casualidad ninguno de vosotros tenéis dolor físico en vuestros cuerpos?

Uno de los hombres me miró fijamente, sorprendido, y dijo:
– Sí, yo.
– ¿Qué es lo que te duele? – le pregunté
– El brazo – respondió
– De casualidad es el brazo derecho?
– Sí, el brazo derecho, y los hombros. Tuve un accidente hace dos meses y desde entonces no puedo levantar el brazo derecho.
No te lo vas a creer, pero hace un momento estabamos en nuestra casa y sentimos que debíamos venir aquí, y Dios nos mostró que debíamos orar por alguien con problema en los hombros y en el brazo derecho, y lo anotamos en esta libreta, mira lo que dice aquí – y le mostré la libreta donde había escrito su problema.
¡Soy yo! – respondió el hombre entusiasmado mientras sus amigos estaban boquiabiertos.

Oramos por él y el dolor le bajó aunque solo poco. Le pregunté si él creía en Dios y me dijo que sí, que asistía a una iglesia pero que tenía problemas con el alcohol. Comenzamos a hablar con otro de sus amigos y nos dimos cuenta de que, aunque asistían a una iglesia cristiana, vivían en pecado y aún no habían escuchado el mensaje de la cruz, así que decidí compartirle a los cuatro el mensaje de la cruz mientras llovía. Les hablé del terrible problema de nuestro pecado y de la eternidad en el infierno. Uno de sus amigos dijo que le preocupaba ir al infierno pero que no estaba seguro de poder dar ese paso de entregar todo a Cristo, me dijo que no se sentía “capacitado”.

Le explique que nunca nadie está capacitado para entregar todo a Cristo, que nosotros no somos capaces de arreglar nuestro corazón ni de quitar el pecado de nuestra vida, pero que a través de la fe en Jesús podemos reconciliarnos con Dios.

Les expliqué como Cristo perdona nuestros pecados y cómo por sus llagas fuimos sanados. También le pregunté al hombre del brazo derecho si me dejaba volver a orar por él. Me dijo que sí. Oramos más o menos cuatro veces y el dolor fue descendiendo más y más y podía levantar el brazo más y más. Estabamos llenos de gozo.

Los hombres con los que hablamos asisten a su iglesia local tres veces a la semana, pero aún no habían escuchado el mensaje de arrepentimiento de pecados y fe en Jesús. Fueron cautivados por el amor de Dios al ver cómo nos había enviado a ellos una tarde lluviosa de invierno. Y Brittney y yo estamos completamente sorprendidos de la bondad de Dios y de cómo Él nos usa cuando decidimos morir a nuestra comodidad.

¿Qué pasaría si cada cristiano saliera una sola tarde a la semana por las calles de su barrio y compartiera el mensaje de la cruz? Quizá la eternidad de miles de personas cambiaría.